top of page

Aniquilando la verdad

  • Writer: Estupido Libre Albedrio
    Estupido Libre Albedrio
  • 4 minutes ago
  • 8 min read


La granja de trolls del Kremlin en San Petersburgo ya operaba a escala industrial desde el 2014, diseñando experimentos de desinformación que antecedieron a la intervención masiva en las elecciones estadounidenses de 2016. La clave del modelo no era la sofisticación de los mensajes, sino el descubrimiento de que la arquitectura publicitaria de internet era, al mismo tiempo, una infraestructura perfecta para la guerra informática. El capítulo 6 del libro de Jonathan Rauch, La Constitución del Conocimiento, ofrece un marco conceptual para entender la dimensión epistémica de esta amenaza. El historiador Thomas Rid sostiene que las campañas de desinformación a gran escala no atacan hechos aislados, sino el orden epistémico liberal en su conjunto: las instituciones encargadas de custodiar la evidencia —la ciencia, el periodismo de investigación, la justicia— y la confianza social que las sostiene. La propaganda moderna, a diferencia de la clásica, no busca imponer una versión alternativa de la realidad, sino destruir la capacidad colectiva de evaluar cualquier versión. La táctica denominada «manguera de falsedades» consiste en lanzar afirmaciones contradictorias en tal volumen que la búsqueda de verdad resulte inútil: lo importante no es qué se cree, sino que nadie sepa ya qué creer.


Esta lógica fue articulada sin eufemismos por Steve Bannon, estratega de Donald Trump, al describir su relación con los medios: «inundar la zona de mierda». La formulación, por grosera que sea, captura con exactitud el mecanismo central de la guerra informática contemporánea: no refutar, sino contaminar. Toda comunidad depende de redes de confianza para determinar qué es verdad. Cuando esas redes se saturan de ruido, la confianza se colapsa y el terreno queda libre para la manipulación emocional. El capítulo documenta cómo esta estrategia fue adoptada no solo por actores estatales como Rusia, Irán o Azerbaiyán, sino que encontró amplificadores voluntarios —o involuntarios— dentro de la propia sociedad estadounidense, desde senadores hasta representantes del Partido Republicano.


La consecuencia última de este proceso es lo que el autor denomina «impotencia epistémica»: la incapacidad del ciudadano para saber a dónde acudir en busca de la verdad. No se trata de gente que cree mentiras, sino de gente que ha dejado de creer en la posibilidad misma de la verdad. Hannah Arendt ya había anticipado este estado al describir al sujeto ideal del totalitarismo: no el fanático convencido, sino aquel para quien la distinción entre hecho y ficción ha dejado de existir. El disidente ruso Gary Kasparov lo formuló en términos contemporáneos: el objetivo de la propaganda moderna no es desinformar, sino agotar el pensamiento crítico y aniquilar la verdad. El capítulo cierra con una advertencia que trasciende el análisis político: cuando la autoridad de la evidencia se erosiona, las emociones llenan el vacío —y con ellas, el camino queda despejado para el autoritarismo.



A continuación, comparto extracto del libro La constitución del conocimiento.


 

 

Capítulo 6.

Epistemología troll: "Inunda la zona de mierda"


Alrededor de 2014, investigadores de internet comenzaron a notar patrones. Las acciones de los enjambres de trolls no eran tan aleatorias y oportunistas como parecían. Los investigadores que rastreaban a activistas antivacunas encontraron un movimiento organizado, bien financiado y con conocimientos técnicos. Las técnicas de mercadotecnia que utilizaban eran igualmente anticuadas: mensajes repetitivos, apelaciones emocionales, respaldos de celebridades e influencers, y pseudociencia. Lo novedoso era la hábil explotación de las redes sociales en línea. Lo que los trolls —tanto independientes como patrocinados por el Estado— habían descubierto era que, dado que el internet estaba optimizado para la publicidad, también era idóneo para campañas de desinformación a una escala antes imposible. “El conjunto completo de tecnologías publicitarias puede empaquetarse en campañas coordinadas que utilizan tanto inteligencia humana como artificial para optimizar el marketing”, escribieron los autores de un informe para la New America Foundation en 2018. “Todas las herramientas de recolección de datos de comportamiento disponibles para orientar las comunicaciones hacia audiencias altamente receptivas... se aplican a la tarea de la desinformación política.” Gradualmente, los investigadores desarrollaron una imagen de lo que realmente era la epistemología troll.


En Medidas activas, su historia sobre las guerras de desinformación, el historiador Thomas Rid lo resumiría así:


Las campañas de desinformación a gran escala son ataques contra un orden epistémico liberal, o un sistema político que deposita su confianza en custodios esenciales de la autoridad factual. Estas instituciones —las fuerzas del orden y el sistema de justicia penal, la administración pública, la ciencia empírica, el periodismo de investigación, los organismos de inteligencia bajo control democrático— privilegian los hechos sobre los sentimientos, la evidencia sobre la emoción, las observaciones sobre las opiniones. Encarnan un orden epistémico abierto, que posibilita un orden político abierto y liberal; uno no puede existir sin el otro... Las medidas activas [término ruso para la desinformación] erosionan ese orden. Pero lo hacen lentamente, de manera sutil, como el hielo que se derrite. Esta lentitud hace que la desinformación sea mucho más insidiosa, porque cuando se erosiona la autoridad de la evidencia, las emociones llenan el vacío... Las apuestas son enormes, ya que la desinformación corroe los cimientos de la democracia liberal, nuestra capacidad para evaluar los hechos según sus méritos y corregir el rumbo en consecuencia.


El estudio de la propaganda y la desinformación tiene una larga y distinguida historia, que no intentaré resumir aquí. Los conceptos básicos están bien establecidos.


La propaganda es una campaña para influir en la opinión pública sin tener en cuenta la verdad, generalmente —aunque no siempre— llevada a cabo por un actor estatal que persigue un resultado político. Puede explotar la información falsa, la desinformación y lo que recientemente se ha denominado como malinformación (información verdadera utilizada de forma engañosa). Aunque los medios varían ampliamente, el objetivo es este: organizar o manipular el entorno social y mediático para desmoralizar, cancelar, aislar o intimidar a un adversario.


Los actores estatales han entendido tradicionalmente la propaganda y la desinformación como guerra psicológica o informática contra un régimen adversario. Los trolls modernos la conciben de la misma manera. Al exacerbar el conflicto y la desconfianza en la sociedad objetivo, pueden causarle problemas a su adversario y potencialmente desestabilizarlo. Cuando los rusos montaron su ataque desinformativo a las elecciones estadounidenses de 2016, no esperaban elegir a Donald Trump, pero pensaban que podían hacer que Estados Unidos estuviera más polarizado y fuera menos gobernable (y tuvieron razón). Una buena manera de pensar en tales ataques es desde una perspectiva ambiental. Atacan no solo a personas o hechos individuales, sino a todo el espacio informativo. En un comentario célebre al periodista Michael Lewis en 2018, Steve Bannon, el presidente de Breitbart News que posteriormente se convirtió en estratega principal del candidato y luego presidente Trump, dijo: “Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios de comunicación. Y la manera de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda.”


Inundar la zona de mierda: aunque la formulación es grosera, no podría haber un resumen más conciso y preciso de lo que trata realmente la guerra informativa moderna. Todas las comunidades, y especialmente la comunidad basada en la realidad, dependen de redes de confianza para decidir qué es verdad y qué no. Las personas necesitan saber con quién están hablando, si esa persona es creible, qué instituciones otorgan credibilidad, etcétera. Cada aspecto de la confianza y la credibilidad se degrada cuando la zona se inunda de mierda.


La epistemología troll es por naturaleza destructiva y parasitaria. No puede crear conocimiento, generar confianza ni resolver desacuerdos. No puede desarrollar nuevas terapias contra el cáncer ni descubrir nuevas partículas subatómicas. Ni siquiera puede organizar una conversación coherente. Solo en raras ocasiones puede atacar directamente e infectar las instituciones centrales de la comunidad basada en la realidad: el laboratorio, el aula, el currículo universitario, la redacción principal, el tribunal de justicia. Lo que la epistemología troll sí puede hacer es degradar el entorno informativo alrededor de la comunidad basada en la realidad. Puede inducir “una condición que cierta propaganda busca provocar, en la cual la población objetivo simplemente pierde la capacidad de distinguir la verdad de la falsedad, o de saber a dónde acudir para diferenciarlas”.


El concepto de verdad, observó la filósofa Hannah Arendt, contiene en sí mismo un elemento de coerción. Si uno cree que algo es verdad, también cree que debe creerlo. La afirmación “El cielo es azul, pero no lo creo” es gramaticalmente correcta, pero no tiene sentido. Para un operativo de desinformación, el objetivo es subvertir la compulsión de la verdad. Es difícil lograrlo cambiando la opinión de las personas, especialmente sobre creencias que definen su identidad, como vimos en el capítulo 2. Pero confundir y desconfiar a las personas es más fácil. Arendt “llamó repetidamente la atención a un tipo muy particular de mentira que asociaba con los gobiernos autoritarios de la Europa de mediados del siglo XX”, escribe la historiadora Sophia Rosenfeld. “Era una forma de disimulo tan descarada y exhaustiva, tan alejada de la mentira política habitual y la manipulación selectiva, que dejaba a la población esencialmente impotente.”


Como escribió Arendt en Los orígenes del totalitarismo: “El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido, ni el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) ni la distinción entre verdadero y falso (es decir, los estándares del pensamiento).”


La propaganda rusa se volvió particularmente hábil en desplegar lo que los investigadores de la Corporación RAND denominaron una “manguera de falsedades”. Tras el envenenamiento por agentes rusos de Serguéi Skripal y su hija en Gran Bretaña en 2018, los medios rusos culparon a Gran Bretaña. Y/o a Ucrania. Y/o fue un accidente. Y/o fue un suicidio. Y/o fue un asesinato de venganza por parte de familiares. Y/o Rusia no produjo el agente nervioso que se utilizó. Y/o se usó un agente nervioso completamente diferente. El “carácter contradictorio [de las afirmaciones] no es un defecto de la propaganda del Kremlin, sino una característica”, informó The Economist. “El propósito de la campaña de desinformación es ahogar la inteligencia occidental en una cacofonía de afirmaciones descabelladas, en lugar de ofrecer una contra narrativa coherente.” The Washington Post, al publicar un organigrama de los caleidoscópicos inventos de Rusia, resumió el objetivo de las campañas rusas: “Lanzan enjambres de falsedades, teorías inventadas y pistas falsas, con la intención no tanto de persuadir a la gente como de desconcertarla.” Una clave para el éxito de cualquier campaña de desinformación es provocar la repetición y amplificación en los propios ecosistemas mediáticos y políticos de la sociedad objetivo. “Gran parte de la cadena de creación de valor de la desinformación fue subcontratada a la propia sociedad victimada: a periodistas, activistas, teóricos de la conspiración, independientes y en menor medida, a investigadores”, escribe Thomas Rid.


Es probable que alguien recibiera un aumento en San Petersburgo cuando un senador estadounidense (John Neely Kennedy, republicano por Luisiana) repitió como perico una mentira de propaganda rusa en una entrevista televisiva nacional, afirmando “yo no sé, ni usted, ni ninguno de nosotros” si los operativos rusos habían pirateado y filtrado correos electrónicos del Partido Demócrata. De igual manera, el representante Mark Meadows, defensor republicano de Trump, dijo: “Creo que lo que ocurre es que cuando empezamos a examinar los hechos, cada uno tiene su propia impresión de lo que es la verdad.”


Yo no sé, ni usted, ni ninguno de nosotros. La manguera de falsedades no busca persuadir, sino confundir: inducir incertidumbre, desorientación y el consiguiente cinismo.


Un estudio de 2017 encontró que entre el 10 y el 20 por ciento de los estadounidenses creyó noticias falsas a las que estuvo expuesto el año anterior; pero por cada crédulo, dos o tres personas más no sabían qué creer. Estaban a la deriva de la factualidad y ya no podían juzgar la plausibilidad. Como le dijo una mujer, una asistente de maestra jubilada, al New York Times: “Supongo que tendría que decir que estoy completamente confundida sobre quién está mintiendo y quién dice la verdad. Me siento completamente impotente.” Un hombre dijo al mismo periódico: “Ya no hay fuentes de noticias reales. No confío en nada.”


La impotencia epistémica —la incapacidad de saber a dónde acudir en busca de la verdad— era el objetivo deseado de la manguera de falsedades. “El objetivo de la propaganda moderna no es solo desinformar o imponer una agenda”, observó el disidente ruso Gary Kasparov en un tuit de diciembre de 2016. “Es agotar tu pensamiento crítico, aniquilar la verdad.” La meta era la desmoralización.


En una entrevista escalofriante de 1983, Yuri Bezmenov, un desertor de los servicios de inteligencia rusos especializado en propaganda y subversión ideológica, explicó: “Una persona que está desmoralizada es incapaz de evaluar información verdadera. Los hechos no le dicen nada. Aunque la inunde con información, con pruebas auténticas, con documentos, con imágenes.”

 
 
 

Comments


  • Twitter Social Icon
  • generic-social-link

©2018 by Estúpido Libre Albedrío. Proudly created with Wix.com

bottom of page